Puro cuento, y para peor, largo
La primera vez que intenté colocar este cuento que una vez escribí para un concurso, quedó incompleto, problemas del sitio web del blog. La segunda vez pasó lo mismo, pero ese no es el único problema, el cuento no ganó ningún premio, no obtuvo ninguna mención, no les gustó a ninguno de mis amigos y, para peor, se me perdió durante mucho tiempo. Un día lo encontré entre un montón de papeles que duermen en una caja, junto a periódicos viejos, papeles que acostumbro a usar para encender el carbón cada vez que voy a hacer un asadito. Se salvó de entre las llamas, porque las dos primeras hojas se alcanzaron a quemar pero, oh milagro de la naturaleza, esas dos primeras páginas estaban en un archivo de mi PC vieja, de manera que lo he reconstruido y ahora va, para ustedes, para que tampoco les guste, como al resto de mis amigos, salvo que alguno de los que lo lean decida contrariar la opinión de esos desgraciados, y me haga llegar en su comentario la mentira piadosa de un elogio… plis… necesito que a alguien le guste y me lo haga saber, digo, si no es mucho pedir…
Los títeres de Nagua (Primera entrega)

Uno
El diablo se plantaba desafiante, el brillo de su capa roja le daba un aire imponente y soberbio, aunque su voz sonaba un poco aflautada. Era evidente que no permitiría escapar a la princesa a la que había raptado. Apuntó a los niños con su tridente y les exigió que no le contaran a Juan que había sido él quien se llevó a la hermosa María, pero la única reacción de los niños fue un coro de carcajadas.
-¡Que no!- ordenaba el diablo con voz autoritaria.
-¡Que sííííííí!- respondía el coro de voces y risas infantiles. Entonces aparecía Juan, el héroe de la historia, blandiendo su espada de plastilina dorada, y preguntaba dónde había escondido el diablo a la princesa. Los niños, amigos incondicionales del héroe, señalaban con sus dedos
-¡Ahííííí!
-¡Dónde!
Cada vez que Juan se daba vuelta a mirar, el diablo se colocaba detrás de él.
-¡Ahííííí!
La maniobra se repetía varias veces, celebrada por las risas de los chicos, hasta que sucedía la pelea final y Juan, el héroe, rescataba a la princesa después de poner al diablo en fuga con su espada mágica.
Los colores del atardecer se suavizaban con la brisa que venía del mar y las sombras de los árboles y de las casas acentuaban la frescura del momento. Miguel se dio cuenta entonces de que se había dejado atrapar por la historia de aquellos títeres de cabeza redonda y vestimentas multicolores, con una princesa rubia de largos cabellos de lana, un príncipe con bonete brilloso y una capa azul de seda, y un diablo que, visto con ojos de niño, resultaba demasiado simpático para ser tomado por diablo. Había salido en su furgoneta para conocer un poco esa pequeña ciudad a orillas del Caribe adonde había llegado en la mañana, con la intención de descansar un par de días. Iba con las ventanillas bajas, con la radio apagada, cuando llegó a sus oídos un coro de niños que cantaba una ronda que le sonaba muy antigua pero también conocida, detuvo el vehículo en una esquina y aguzó el oído, cerró los ojos durante un instante y vio la silueta menuda de su hermana Raysa en la acera de la calle Mauricio Báez, en
elámpago iluminó por un largo segundo todo el bucólico paisaje, un trueno hizo trizas el precario silencio y gruesas gotas comenzaron a caer de manera inmisericorde sobre el lugar. Miguel se acercó a la muchacha con toda la rapidez que le fue posible
-Permíteme ayudarte, dijo con voz perentoria.
La muchacha lo miró sorprendida.
-¿En dónde guardas tus cosas? preguntó. La muchacha dudó un instante más antes de titubear…
-En… en mi casa… iban a venir a buscarme pero…
Antes de que ella continuara hablando Miguel tomó el biombo del teatrito y lo cargó en la camioneta, la muchacha y los chicos lo siguieron con unas cajas y en menos de un minuto todo estuvo cargado mientras se desataba una tormenta que prometía ser tan intensa como pasajera. Los chicos se acomodaron en la parte de atrás, mientras reían y bromeaban sobre el miedo que a cada uno le causaba la lluvia. Eran morenos y delgados, el más pequeño de todos tenía el pelo cortado al ras y usaba una gorra con el logo de los Bulls de Chicago.
-Me llamo Miguel, dijo él extendiendo una mano impersonal a la muchacha.
-Mucho gusto, dijo ella, mi nombre es Belén, yo… ¿Usted no es de aquí verdad?
-No, respondió él con una sonrisa, llegué esta mañana, soy de la capital y… ¿adónde tengo que llevarte?
-Oh, perdone, se disculpó ella, ¿podemos dejar a los muchachos primero?
-Sí, por supuesto, dime por dónde tengo que ir.
-Por esta calle derecho, señaló ella.
La lluvia había convertido la calle en un enorme charco grisáceo. Se habían encendido las luces en las esquinas. La música de la radio del vehículo dio paso a un noticiero que ninguno de los dos pareció oír.
-A la derecha, señaló la muchacha.
Llegaron a una casa de madera que tenía una pequeña tapia en el frente, los niños bajaron a la carrera mientras una anciana les abría la puerta. La muchacha bajó el vidrio y la saludó
-¿Cómo está doña Ernestina?
La anciana respondió con una sonrisa al tiempo que saludaba con la mano.
La camioneta siguió por la misma calle mientras el temporal continuaba con la misma intensidad.
-¿Siempre llueve así?
-En esta época sí, respondió la muchacha, ¿es la primera vez que viene a Nagua?
-Sí, en realidad me recomendaron las playas de Sosúa, pero a mí me gustó la tranquilidad que pareceque hay aquí.
-Sosúa es lindo sí, pero aquí es más tranquilo, aunque no hay todo lo que hay en Sosúa ni en Cabarete… doble aquí por favor, a la izquierda.
La calle se alzaba en una pequeña pendiente hacia el oeste, las casas tenían pequeños jardines y enormes plantas de mango y aguacate se elevaban en algunos patios. Después de dos cuadras llegaron a una vivienda de aspecto antiguo, de dos plantas, con un viejo balcón de hierro y puertas altas pintadas de verde.
-Es aquí, dijo la muchacha mientras abría la puerta de la camioneta.
-Espérate, no bajes, pidió él. La chica dudó un momento y luego lo miró expectante. El sacó de la guantera un pequeño paraguas de mano y se lo alcanzó.
-Muchas gracias, pero ¿no quiere pasar a beberse un café?
Sin responder él bajó, abrió el paraguas y entró con la chica a la casa. Se sentó en un viejo sofá de madera en una sala de estar pequeña. Había una mesita ratona con algunos adornos y muñequitos de porcelana. Las paredes estaban adornadas con paisajes y viejas cubiertas de long plays de vinilo, distinguió entre esos improvisados afiches un retrato de Nat King Cole, un antiguo disco de Toña
-¿Está bien? Preguntó la chica
-Oh, sí, está exquisito- respondió -me recuerda al café que hacía mi madre, dime, ¿siempre has vivido aquí?
-En realidad soy sanjuanera, y mi mamá es vegana, pero vivimos aquí desde hace más de ocho años, yo estoy ahora en la capital, estudio ingeniería en
El se dio cuenta en ese momento de que no tenía una explicación coherente para su aparición en ese pueblito, incluso su pasado le parecía una cosa muy lejana y borrosa de la que le costaba hablar…
-En realidad soy ingeniero, pero vendo seguros… -se interrumpió un momento al darse cuenta de que ella en realidad no le había preguntado qué hacía- soy dominicano –prosiguió- pero estuve muchos años afuera, estudié en España y hace dos años me quedé sin trabajo, así que decidí tomarme unas vacaciones, y como me gustó el panorama que había aquí para los seguros, pues... me quedé…
-¿Y su familia?
-Mi madre vive en Madrid y mi hermana también, mi papá murió hace mucho, yo no llegué a conocerlo, mi mamá se casó después con un español y nos fuimos a Madrid, yo, bueno, como te decía, me quedé sin trabajo y decidí venir de vacaciones a Dominicana… aquí me encontré con unos amigos españoles que me ayudaron mucho, aprendí a vender seguros… y me fue tan bien con eso que ahora ya no pienso volver a España…
-Pero, usted no tiene acento español, se asombró la muchacha.
-Es que soy dominicano, crecí en Villa Juana, en la capital, y con los casi dos años y medio que llevo aquí, es como que he recuperado mi cantaíto villajuanero, tal vez…
La muchacha sonrió ante la ocurrencia, habían terminado sus cafés y él consultó su reloj, eran casi las nueve de la noche. La ayudó después a descargar sus cajas y el biombo del teatrito. Se despidió con mucha cortesía y sólo cuando anduvo dos cuadras se dio cuenta de que había olvidado el paraguas, y que no se había animado a preguntar otras cosas, como de dónde le venía a esa muchacha el gusto por los títeres, cómo había aprendido a hacerlos, si es que ella misma los hacía.
No tenía planes para esa noche, como tampoco los tenía en Santo Domingo. Pidió comida desde su habitación y vio películas viejas en la televisión por cable, durmió hasta casi el mediodía siguiente. Mientras almorzaba recordó la casa de Belén y otra vez volvió a tener la sensación de que había visto el rostro de la anciana en otra parte. Se prometió un paseo a pie por la playa esa tarde y que después buscaría un bar donde tomarse una cerveza, recordó, como quien recuerda una obligación que no le resulta grata en absoluto, que hacía dos semanas que no llamaba a Madrid y que tampoco había respondido el último email que su hermana le enviara tres días atrás. Una súbita pereza le ganaba el cuerpo mientras contemplaba su computadora personal que parecía dormir sobre la cama. En la tele repetían por enésima vez una película de dinosaurios, de nuevo se dejó ganar por la modorra y se tiró en la cama. Cuando lo despertó el teléfono eran casi las cuatro de la tarde.
-Sí, respondió adormilado.
-Disculpe, ¿es usted el señor Miguel?
-Sí, soy yo, respondió al tiempo que fruncía el entrecejo sin reconocer la voz ni a la persona que le hablaba.
-Tengo su paraguas.
El permaneció un momento sin saber qué decir. No lograba definir si la vocecita lo alegraba o lo inquietaba o tal vez las dos cosas al mismo tiempo. Permaneció en silencio durante un momento.
-Puedo pasar a buscarlo por tu casa… sugirió.
-Es que lo tengo conmigo…
-¿Dónde estás?
-Estoy en una reunión en
-Me parece que sería más cómodo para usted.
-Está bien, cortó él, nos vemos enseguida entonces…
En el corto camino hacia la iglesia se lamentó de tener que conducir porque eso le impedía disfrutar del paisaje y de la tranquilidad que reinaba en ese pueblo. La gente caminaba sin apuro, las esquinas estaban desprovistas de semáforos y de entaponamientos de vehículos, parecía que en algún momento el silencio se corporizaría sobre las siluetas de los árboles, sobre los bordes de los techos y sobre los graffitis indescifrables de los muros.
Caundo se parqueó frente a la iglesia vio venir a la muchacha, hizo un esfuerzo de memoria para recordar su nombre… Belén. Ella tenía una falda sencilla de color crema, con un pequeño tajo en un costado, llevaba una remera marrón con rayas negras horizontales, sandalias del mismo color de la falda y un pañuelo de colores anudado en el cuello, ese detalle le daba un aspecto muy grácil a su menuda figura. Cuando le alcanzó el paraguas él la invitó a subir.
-¿Cómo estás de tiempo?
-Estoy de vacaciones, salvo mis títeres, no tengo nada que hacer ¿Usted necesita algo?
-Tal vez conozcas un lugar donde pueda darle una lavada de cara a la camioneta y… si no te molesta, podríamos tomar un café.
-Está bien, no es ninguna molestia.
Belén sonrió y se montó en el vehículo. Se limitó a señalarle las calles por donde debía tomar y en algún momento, como una improvisada guía turística, le fue contando la historia de determinados lugares por donde pasaban, como el viejo edificio del correo, la casa de supuestos parientes de Trujillo, la escuela donde cursó la secundaria. Llegaron a un car-wash en una estación de servicio en la calle Progreso, donde dejaron el vehículo y caminaron un par de cuadras hasta un pequeño barcito. Ella pidió un refresco, él un café.
Hablaron de los títeres, él le contó de los enormes muñecos españoles que había visto en teatros y romerías de los tantos pueblos que había visitado en cada una de sus vacaciones, le habló de una feria en Algéciras, de una función con marionetas en el museo municipal, y entonces se dio cuenta de que en realidad recordaba eso con más intensidad que las imágenes del puerto, con sus buques enormes como monstruos marinos, las gigantescas grúas, el estruendo de las lanchas y los remolcadores o el panorama del Mediterráneo y las montañas imponentes del sur español.
-Mis títeres eran de una maestra de mi escuela, ella me enseñó a fabricarlos, a hacerles la ropa, a pintarlos… yo tenía nueve años cuando empecé con eso, y desde entonces es como que me enamoré de esos muñequitos, algunos son copias idénticas de los que hacíamos en aquella época… y las obras me las escribe una amiga que estudia literatura en la universidad…
Mientras ella le contaba de su idilio con los títeres, de la técnica de preparación de la pasta hecha con papel de periódicos, agua y harina blanca, él la imaginaba con cuerpo de niña, pensaba en cómo había sido su pelo rizado sujeto con cintas y moñitos de colores, seguramente parada sobre un taburete detrás de un teatrito idéntico al de la iglesia pero en un patio de escuela, ante los ojos de muchos niños y niñas subyugados con la magia de unos muñecos que de pronto cobran vida, que son capaces de establecer una comunicación casi instantánea con los chicos… Ella sonreía mientras hablaba y los hoyuelos de sus mejillas le daban un aire de picardía al conjunto de esas facciones que a él le parecía haber visto antes pero recordó también que cuando recién había llegado al país, todos los rostros le parecían iguales o semejantes.
Ella le habló después de sus sueños y de sus proyectos, él se sorprendió de que entre sus inquietudes no figurara la intención de irse a Europa, a “Nuebayol” o a cualquiera de esos lugar a los que muchos dominicanos emigran en busca de sus sueños que a veces terminan siendo verdaderas pesadillas.
El volvió a hablarle de su infancia en Villa Juana, de sus recuerdos de la calle Mauricio Báez y de sus largos partidos de basquet en el club, pero omitió hablar de su madre y de su hermana, como si el hecho de tenerlas tan lejos las hiciera formar parte de un mundo que en ese momento le resultara ajeno, también le vino a la memoria algo que ahora le parecía un hecho baladí, hasta pueril, pero que en los primeros días de su adolescencia había ocupado casi por completo su pensamiento. Quiso no pensar en su madre pero el rostro moreno, que alguna vez había sido muy hermoso, se le presentó de golpe como una ráfaga de viento que se cuela por una ventana entreabierta, no la había llamado desde hacía dos semanas, no había respondido el último email de Raysa, se dijo que la causa de su inquietud tal vez fuera otra, pero tampoco supo definirla en ese momento.
Le hubiera gustado prolongar el tiempo pasado con Belén, tal vez invitarla a cenar y pedirle que siguiera mostrándole el pueblo, la chica era en verdad encantadora pero una súbita intuición le aconsejó no apurar las cosas. Finalmente la llevó a su casa y únicamente le pidió su número de celular.
Al día siguiente hablaron por teléfono un rato hasta que él, con el cuidado de un ajedrecista que mueve sus piezas con toda la precaución posible, le pidió que lo llevara a conocer el mar.
Dos
El oleaje en la playa Los Cocos era un sempiterno compás ejecutado por un viento que plegaba el agua en innumerables montañitas que se adornaban con la efímera nieve de la espuma. Las hojas alargadas de las palmeras que componían el largo y raleado bosque de cocoteros que daba nombre a la playa se mecían indolentes, con el ritmo cansino de un baile que practicaban de memoria.
De una caseta que hacía las veces de improvisado
restaurante salía el ruido estridente de una bachata de moda. Vendedores de mazorcas de maíz hervidas, de cocos de agua, de mariscos, de queso en hoja y otras comidas típicas se paseaban por la playa ofreciendo su mercancía. Cada tanto la brisa traía el aroma de sazones, de frituras y de salsas que se cocinaban para deleite de los turistas de cabellos rubios y pieles enrojecidas por el sol.
Cuando Belén y Miguel entraron al agua ella demostró sus dotes de excelente nadadora, mientras él sólo podía chapotear y darse intermitentes chapuzones que a ella la hacían reír. Pasaron una tarde de playa como él nunca se hubiera imaginado. Sólo cuando el oleaje empezó a fatigarlo y el viento marino comenzó a darle una sensación de frío salió silenciosamente del agua y se sentó bajo el sol en un pequeño montículo en la arena. Se descubrió contemplando con una mezcla de ternura y deseo la silueta morena de Belén, cubierta por un traje de baño enterizo de color naranja. La veía sumergirse debajo de las olas y asomar a la superficie con el movimiento gracioso de un delfín de ébano. Esa cintura perfecta, la espalda recta y las caderas frescas como una fruta misteriosa y oscura le hicieron pensar en un violín, en un dulce instrumento musical y secreto para oír en secreto.
La gente comenzaba a irse.
El atardecer era una invisible llovizna de luces que teñía de rojo todo cuanto existía. Hasta los penachos de las olas se desflecaban sobre la arena de la costa en innumerables copos rosados que ponían en la playa miles de pliegues que acaso simularan la milenaria longevidad del mar, el viento era apenas un niño que se desesperaba por alcanzar las primeras estrellas y para eso se trepaba a las copas cimbreantes de los cocoteros mientras invisibles duendes de sal se escapaban del agua, montados en efímeras neblinas cada vez que las olas se desintegraban al final de su recorrido.
Belén salió del agua y caminó con lentitud hacia el montículo de arena donde él se había sentado. Su cuerpo mojado parecía revestido de una cubierta transparente y cada paso que daba era una especie de danza callada con el estruendo de las olas como única música. El se puso de pie y la alcanzó justo en el punto en que las olas se deshacen y la invitó a caminar, anduvieron silenciosos por el borde del agua sonora, la mojada piel de Belén se erizaba al contacto de la brisa. Muy lejos, recortada sobre la línea recta de un horizonte empurpurado, se veía la silueta lejana de un barco. El detuvo su paso y contempló largamente el mar, como si sus ojos lo estuvieran viendo por primera vez.
-¿En qué tú piensas? Preguntó ella al tiempo que trataba de distinguir lo que él parecía mirar tan a lo lejos.
La vio como si fuera una niña mojada por la lluvia.
-Que te quiero besar, dijo, y su mirada se sumergió de pronto en la luminosa transparencia de los ojos de Belén y la dulzura salobre de esos labios anhelados lo adormeció por un instante con compases marinos y le fue entibiando con adorable lentitud las páginas del alma donde él jamás había permitido que el sol se estacionara.
(Continúa en la segunda entrega)
alguien que no conocen dijo
estan locos eh
12 Enero 2009 | 09:58 PM