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La Coctelera

negrorrevoltoso

29 Agosto 2007

Puro cuento, igual de largo...

Aquí va la segunda parte, tuve que dividirlo en dos por su extensión, pero, por esas cosas de los blogs, puse primero la parte inicial, que es la que está antes de esta entrada...

Los títeres de Nagua

(Segunda entrega)

(La historia comienza en la entrada anterior)

Tres

Miguel siente girar la vida a su alrededor como si mirara desde adentro de otra persona. Ha amanecido, es viernes, ha llamado a Belén para decirle que tiene que volver con urgencia a Santo Domingo. No sabe qué hacer. También ha llamado a su amiga Asun para decirle que algo extraño le ha sucedido, que en su corazón, o en su cerebro, se están agarrando a golpes sensaciones encontradas. Conduce la camioneta con toda la calma con que puede hacerlo. Ha dejado atrás San Francisco de Macorís, está asustado y le cuesta pensar con claridad. Asun le ha pedido que se tranquilice, le ha dicho que nada es tan grave como para no encontrarle una solución, que él sabe que puede contar con su ayuda.

Asun es española. Es especialista en seguros y es la enciclopedia que él consulta cada vez que debe resolver algo, desde sus estados gripales hasta las innumerables ocasiones en que la computadora se niega a ejecutar las órdenes que le da. Seguramente Asun le ayudará a descifrar ¿Descifrar? Le suena extraño el verbo, descifrar, como hacen los criptógrafos, como hizo Champollion con la piedra Roseta, él debe descifrar un enigma que tiene mucho de tonto, de pueril, de absurdo, un enigma que empieza en que le parecía conocer de alguna parte a la mamá de Belén, en el recuerdo del entierro de su abuelo en el cementerio de la Máximo Gómez. Como en las películas de clase B, resuenan en su mente las palabras de Belén, ve el rostro juvenil, con el pelo largo y rizado en la foto de la cédula 001-0461055-5 Belén Minerva Samboy Perdomo (Pero... es que entonces eres hija de... sí, soy la hija de Aníbal Samboy).

-¿El senador?

-Sí, ¿lo conoces? mi abuelo también se llamaba Aníbal. Belén le cuenta que en realidad ve a su padre dos o tres veces al año, que apenas recibe de él una mesualidad, y a regañadientes, y que…

Es una tontería, se dice, seguramente cuando haya resuelto si se lo digo, ¿pero debo decírselo? Es tan infantil que ni siquiera debería… justamente por eso, lo mejor es que… ¿Qué? ¿Huir? ¿Escaparse como cuando descubrió a Charo con aquel hombre en el cine Kinepolis en Madrid? (No volvió a verla después de eso, ni contestó sus llamadas, cambió su número de móvil para que ella no lo localizara, solamente su amigo Pedro sabía por qué... que la que está en falta es ella, cabrón... no importa... es que me aterraba la sola idea de tener que decirle que la vi con otro)…

En la radio de la camioneta suena una música idéntica a la música del cuarto donde pasó la noche con Belén, se alternan canciones de moda con antiguas baladas y boleros. (El aire acondicionado del hotel está tan frío que ambos se abrazan y se quedan pegaditos, como dos niños que tuvieran miedo de la noche). El quiere entender cosas que no entiende, como por ejemplo, por qué siente esta ternura que lo envuelve con levedades de espuma. Recuerda otras noches como ésta, con Mabel en Madrid, y después con Mavis en Almería, recuerda a la mujer que más amó en España, hace una eternidad que acaso se podría contar en siglos, Elena, pero ahora cada una de ellas es apenas una desnudez evocada, recuerdos desnudos de cuartos de hotel. Debiera de estar feliz porque Belén duerme sobre su pecho, fatigada y satisfecha, y porque ese rostro oscuro y dormido destila una inocencia que no recuerda haber visto en ninguna de las mujeres españolas con las que fue a la cama. Sonríe al evocar la sonrisa sardónica con que Mavis pronunció aquellas palabras, la primera vez que se acostó con él.

–Oye, que tú follas igual que tu amigo Alberto, ¿que acaso habéis aprendido ambos con la misma puta?

En cambio la piel de Belén es una tibia suavidad de chocolate que lo eleva, lo acaricia, su voz forma parte de la misma música de mar y de viento que su piel respira, mejillas tibias y suaves, oquedades de algodón del color de la noche, Belén sobre su cuerpo es una deliciosa tempestad m arina y también un arco iris que le siembra plenitudes… un dulce instrumento musical y secreto para oír en secreto…

Quisiera no pensar en su madre, hace dos semanas que no la llama, no ha respondido el último email de Raysa. Es casi mediodía cuando entra a la capital por la avenida Kennedy. Tiene hambre, extraña los aromas de Nagua, el olor de frituras y sazones del restaurante Cuatro Vientos donde cenó con Belén la noche anterior, el aroma del mar y de las rosas que le compró en la rotonda, camino del motel, extraña el aroma del café y de los jardines de Nagua, y el perfume de Belén.

Cuatro

Asun encendió un cigarrillo y se dispuso a escuchar la historia de Miguel. Estaba enfundada en uno de sus acostumbrados mamelucos de tela de yin, llevaba debajo una blusa negra que resaltaba la blancura de su piel y sus ojos increíbles miraban vagamente los árboles del malecón.

-Oyeme, si la chica te ha gustado, ¿pues cuál es el problema hombre?

-En realidad, no sé si es un problema, tal vez sea que solamente me asusté porque me parece que es una situación que no cabe en la lógica con que yo siempre me he manejado y...

-¿Y por eso te escapaste?

El seseo español de Asun se hacía más pronunciado cada vez que preguntaba algo. El se acomodó en su silla, hizo una seña al mozo para que trajera dos refrescos.

-Ea, venga el resto de tu historia, chaval, apuró Asun.

El miró hacia la venida Washington y distinguió vagamente el frente iluminado del hotel V Centenario.

-En 1975 enterramos a mi abuelo en el cementerio de la Máximo Gómez, él murió en la cárcel de Rafey, estaba completamente loco, enfermo de un cáncer que le comió hasta el poco cerebro que le quedaba, yo tenía cinco años y mi hermana Raysa no llegaba a los tres, me acuerdo del entierro como en sueños, son como imágenes fragmentadas lo que me queda. En cambio sí me acuerdo de mi madre (hace dos semanas que no la llamo, no he respondido el último correo de Raysa), ella se convirtió en una especie de cadáver que andaba de un lado a otro por toda la casa, hablaba sola y no dormía, hasta que mis tíos la cargaron en una ambulancia y la internaron y nos llevaron a Raysa y a mí a Santiago. No sé cuánto tiempo pasó hasta que volvimos a verla, la recuerdo en una cama de una clínica, y también que lloré mucho porque pensé que ella ya se había muerto, pero es que en realidad parecía un cadáver, toda llena de tubos, con los ojos hundidos, ella, que era tan coqueta y tan hermosa...

-Pero y... ¿qué le pasó?

-Había intentado suicidarse con pastillas, al menos eso fue lo que ella me contó hace unos años, pero eso yo no lo sabía entonces, después que ella se recuperó tuvimos que mudarnos para Villa Juana. En ese lugar yo fui feliz, ya tú sabes que en aquella época los niños no se preocupaban demasiado por el cambio de estatus y esas cosas. Mi madre se recuperó y volvió a ser tan bonita como había sido siempre, se consiguió un trabajo de recepcionista en el hotel Embajador, rompió relaciones con su familia y con todas sus amistades, y aunque para ella parecía un suplicio tener que vivir en Villa Juana, nosotros, Raysa y yo, lo pasamos tan bien en ese barrio, figúrate, teníamos la escuela en frente, había montones de chicos para jugar, árboles enormes y obras en construcción donde hacíamos de exploradores o de soldados, la dueña de la casa que mi madre alquilaba era como una abuela para nosotros...

-¿Y tu padre?

-No lo conocí, mi madre dice que murió antes de que yo naciera...

-Pero, ¿Y Raysa?

-Parece que también fue un… accidente… no sé, nunca conseguimos que mi madre nos dijera nada sobre ninguno de los dos, para Raysa su verdadero padre es El Pajarilla…

Asun frunció el entrecejo al escuchar aquel apodo.

-¿El Pajarilla? Bien, ahora dime, qué cuernos tiene que ver eso con la chica de Nagua, coño...

-En el hotel Embajador mi madre conoció a “El Pajarilla”, es un catalán que se llama José Figuerola, pero le decían “El Pajarilla”, te aclaro que nunca supe por qué, “El Pajarilla” tenía, todavía tiene, una fábrica de embutidos. El se enamoró de mi madre y le pidió que se casara con él, en fin, fue cuando nos fuimos a vivir a España, otro mundo, otra vida Asun...

La impaciencia de la muchacha era más que evidente.

-Mira, coño, y eso que tien...

-Espera, la tranquilizó él tomándola de la mano, resulta que mi abuelo era un empresario, y también era dueño de una fábrica de embutidos, dicen que era una fábrica grande, y que tenía mucho dinero, pero hubo una historia con un socio, parece ser que ese socio traicionó a mi abuelo y se quedó con la fábrica, por lo que he podido saber hasta ahora, mi abuelo fue a la cárcel por desfalco y murió ahí. Lo cierto es que antes de que mi madre se conociera con “El Pajarilla”, ella prendía sahumerios por toda la casa, ponía fotos de mi abuelo y les prendía velas, a veces juraba por su honor, por su sangre, por qué sé yo, que algún día vengaría la muerte de su padre, y también me hizo jurar a mí que si ella no lo hacía, es decir si ella no ejecutaba esa venganza, me tocaba a mí hacerlo, como si esa fuera una especie de misión de vida que yo debería cumplir.

-Oyeme, pero eso es una tontería.

-Es probable que sea una tontería, sí, pero en aquel momento, esa encomienda me hacía sentir tan importante. A mí me costó adaptarme a España, mi madre en cambio fue tan feliz en esos primeros años, que rápidamente se olvidó de Dominicana, de sus pasadas desgracias, de sus amigos, y creo que finalmente se olvidó de su venganza, en cambio para mí era como una cosa que llenaba mis fantasías infantiles. Recuerdo que El Pajarilla tenía una biblioteca llena de obras de aventuras, a medida que las iba leyendo, yo pensaba en la venganza que mi madre me había encomendado, y en cierto modo me sentía igual a cualquiera de esos personajes de Salgari, de Alejandro Dumas, de Fenimore Cooper...

-Mira, que parece que estás decidido a echarme el cuento desde Adán y Eva, está bien, tienes tu venganza encomendada, Sandokán, entonces, pues hagamos un salto, te vienes a Dominicana, te apareces a trabajar por la oficina, le pones tan poco caso a las mujeres que yo misma llego a sospechar que eres gay, nos hacemos amigos, te llevas la furgoneta y te vas a Nagua, te enamoras de una titiritera que parece encantadora según lo que me cuentas, vale tío, ¿Y?

-Ella es la nieta del socio de mi abuelo, se llama Belén Minerva Samboy Perdomo, es la hija de Aníbal Samboy y de Adalgisa Perdomo, ese hombre, Aníbal Samboy, es un político del Partido Reformista, está separado de su madre desde hace muchos años...

-¿Y?

-Y no sé qué hacer... dijo él mientras Asun encendía el tercer cigarrillo de la noche, porque ahora ya había oscurecido y una larga fila de autos, encerrada en el acostumbrado tapón de las siete de la tarde, atronaba el aire con sus bocinazos de distinto registro.

Los ojos de Asun centelleaban con esa chispa de malicia que él conocía tan bien cada vez que se aproximaba una de sus consabidas ironías...

-O sea que te vas a Nagua y te enamoras de una chica que es de la familia de la que tenías que vengarte… óyeme…

Asun estalló en una aguda y sonora carcajada.

-¿Así que era eso? Pues véngate, anda, ve a buscar a esa muchacha y quémale los títeres, y el teatrito también... si esa venganza no te satisface, pues... a ver... prosiguió después de pensar durante unos segundos lo que diría, prométele casamiento pero primero tienes que embarazarla, pero eso sí, eh, no te cases con ella ni matao, o más bien, dile que eres “pájaro”, que eres un “cundango” total, o mejor, asesínala como hacen algunos hombres de este país cuando sus mujeres ya no quieren tener más rollo con ellos, sólo que en tu caso pues, será diferente, ¿sabes?, la asesinarás por querer tener ella un asuntico contigo, que le está prohibido porque tu madre te condenó a ser el vengador de tu familia... y déjalo todo bien asentado, ponlo por escrito, que así dentro de unas décadas, los nietos de ella se podrán vengar de los tuyos, vale, que si estas cosas no pasaran cómo podrían haber existido los Montescos y los Capuletos, claro que ahora, gracias a ti y a tu mamá, tendremos Montescos y Capuletos caribeños, bien tropicales, oye gamberro, si fueras argentino te diría que esto es una letra de tango, coño, pero te aseguro que no llega ni a bachata de amargue, chaval...

La ironía de Asun lo dejó poco menos que atónito. Se puso colorado como un colegial al que acabaran de descubrirle una cartita de amor oculta en su cuaderno. Sopesó cada una de las palabras, sopesó cuidadosamente su respuesta...

-¿Sabes una cosa? Dijo y sin esperar respuesta prosiguió, eres una “mardita bruha der caraho”, coño...

Asun rió de buena gana, se la veía hermosísima cuando reía de esa manera, ambos rieron, como si estuvieran compartiendo la misma travesura. Finalmente Asun se serenó, le apretó la mano derecha y mirándolo a los ojos le dijo

-No sabes si debes o no decírselo ¿verdad?

El asintió con la cabeza.

-Pues mira, chaval, yo no te lo puedo decir, nadie puede saber lo que hacer mejor que tú, tal vez debas preguntarte si esto no es una tontería que tú mismo has llevado demasiado lejos, tal vez debieras preguntarte también qué diablos tiene que ver esa niña con todo este rollo, tío, pero seguro que aunque se lo digas o no, lo que quieres es estar con ella ¿verdad?

El volvió a asentir sin decir nada.

-Pues entonces ve a buscarla, o llámala, pero es que esto es una cosa muy tonta para que le des mente, hombre, por terrible que sea la forma en que murió tu abuelo, ¿tú qué tienes que ver con eso? y esa chica mucho menos todavía...

El permaneció en silencio un momento, la contundencia de Asun había desarmado en un minuto todo el bagaje de sus preocupaciones y lo que tanto lo había angustiado en las últimas horas.

¿Tienes su número?

El lo recitó de memoria mientras buscaba en su billetera el papelito en que lo había anotado, sólo para confirmar. Asun marcó en su celular y esperó un momento

-¿Belén?

La respuesta desde el otro lado de la línea se oía como un siseo.

-No cierres, por favor, te van a hablar, dijo y le pasó el diminuto aparato.

-Belén, soy yo, Miguel, mira, quiero disculparme contigo, pero es que tuve que regresar de urgencia a la capital y... me gustaría explicártelo personalmente... ¿podemos vernos mañana?

Asun guardó su paquete de Nacional en la cartera, se echó el abrigo sobre los hombros y llamó al mozo.

Cinco

Sabía que en algún momento la vería aparecer por alguna de las cuatro vías que se entrecruzaban en la esquina de la avenida Tiradentes con la Rafael Sánchez Hijo. Se arrimó un poco más al enorme panel de vidrio polarizado de la oficina, vio cómo su aliento empañaba el cristal opaco y reconoció la vieja sensación de vértigo que le ponía un cosquilleo en el estómago mientras abajo la ciudad era un enorme remolino de automóviles urgentes y peatones apurados.

Cuando distinguió la menuda silueta empequeñecida por la distancia que separaba la calle del cuarto piso sintió una mezcla de temor y alivio. Pensó una vez más en la forma en que huyó de Charo y al girar la cabeza se encontró con la mirada inolvidable de los ojos de Asun, a esa hora con una combinación de verde y dorado, pero en esa tonalidad se notaba la resolución implacable de quien sabe de qué se trata y no está dispuesta a hacer concesiones. Como si hubiera leído su pensamiento Asun sonrió, torció los labios en un gesto lleno de picardía, de niña que acaba de hacer una travesura en plena hora de clase. Somos como niños, pensó, cuando creemos haber aprendido todo descubrimos que hay cosas que no sabemos, y eso nos asusta, nos asusta lo que no podemos encerrar entre palabras, lo que no conseguimos encajar en la lógica material de los días y las horas…

Asun fue a abrir la puerta, saludó a la recién llegada con una sonrisa y un beso en la mejilla.

-Sí que eres bonita- dijo y Belén se ruborizó un poco al tiempo que agradecía el cumplido.

Miguel también la besó. La piel del rostro de la muchacha estaba cálida, tenía la misma suavidad que él añoraba desde su regreso de Nagua. Ella puso sobre el escritorio una cartera marrón con forma de mochila. Se embarcaron en una conversación trivial sobre el calor de afuera, los tapones en el tránsito de la avenida Tiradentes a esa hora y las probabilidades de lluvia para esa noche.

Finalmente salieron del edificio, Asun se había ido sin que ninguno de los dos lo notara. Cuando encendió el motor del auto también se encendió un viejo bolero de Pedro Vargas, “cualquier día… cualquier hora… en cualquier lugar”. Miguel se dejó llevar por la voz aflautada y el sonido envejecido de la canción. Ella preguntó entonces adónde irían. Estuvo a punto de responder que no sabía pero una voz que no parecía la suya sugirió el café Bellini de la zona colonial.

Cuando entraron los ojos de la muchacha se entretuvieron en ciertos detalles de la decoración, en las enormes lámparas colgantes de diseño exótico, en el ambiente luminoso que creaba todo el conjunto de la estancia.

–¿Tienes algo importante que decirme, verdad?

–¿Cómo te diste cuenta?

Ella pensó un momento antes de responder.

–No sé exactamente, me pareció, esa noche que estuve contigo en el hotel, como que te asustaste de algo, y cuando me llamaste al celular sentí como si estuvieras escapándote… yo… vine preparada ¿sabes? para que me digas la verdad, y para decirte yo también mi verdad, yo nunca he tenido amores de vacaciones con ningún turista y... ¿Eres casado? ¿Es eso?

El no pudo evitar una sonrisa ante la pregunta, le hizo gracia ese temor tan propio de una mujer cuando se interesa en un hombre, pero en realidad lo que le pareció todavía más gracioso era que la explicación que tenía para ella era un poco más complicada y hasta difícil de creer.

–No, no, no soy casado, no es eso, es algo un poco más… no sé cómo empezar, es absurdo y… un poco tonto, mira, sucede lo siguiente…

La mirada de Belén era una mezcla de intriga y alivio, como cuando se descubre que un peligro que tanto se temía resulta en realidad mucho menor de lo que se esperaba. A medida que hablaba, él pensó en el tiempo como quien piensa en una larga devastación que tiene mucho de irreparable y hasta de imposible. Se llenó la boca con un largo sorbo de vino tinto antes de continuar hablando, le hubiera gustado poder aclararlo todo con pocas palabras, pero le resultaba imposible.

Empezó por explicar su repentina partida de Nagua, al día siguiente de la cena en el restaurante Cuatro Vientos…

Seis

-Es tardísimo, dijo Belén y ambos se apretaron el uno contra el otro para caber en la pequeña cama del cuarto de Miguel. Fue lo último que él escuchó antes de quedarse dormido en una voluptuosa confusión de placer y felicidad. Después el zumbido del despertador fue una molestia, una especie de moscardón a pilas que revolotea por el inconsciente, un trépano que atraviesa cada una de las sucesivas capas del sueño para depositar la maltratada humanidad de los humanos sobre una realidad absolutamente gris, y mientras los cuerpos se divorcian de las sábanas con las que en la noche inauguraron un tibio romance, el lecho es como un campo devastado por una increíble tormenta. Los ojos de Miguel son dos rajitas que reciben la luz como una agresión, sus músculos laxos no logran obedecer las órdenes del cerebro que insiste en que debe levantarse. Estira una mano para alcanzar el insoportable zumbido made in Taiwán que lo lastima, que lo atormenta, pero alguien se le ha adelantado y lo apaga. Un aroma de café inunda la habitación. Sus ojos se abren más por la sorpresa que por haber recobrado la conciencia. Ve a Belén sentada frente a su cama, vestida con una de sus camisas, la ropa de ella descansa prolijamente apilada sobre una silla. Ella le sonríe y se ríe de él, de su aspecto, de su rostro barbudo y somnoliento, de la forma en que él bosteza y se sienta en la cama. El chorro de la ducha le devuelve la vida. Se siente como si hubiera regresado.

-Debes sentarte para beber tu café, o se te desbaratan los planes, dice ella.

-¿Cuáles son tus planes para hoy? Pregunta él.

-Tengo una entrevista de trabajo, y después pasar por el banco a ver si mi padre me ha depositado mi mensualidad.

-¿Y en la tarde?

-Tengo que ir a limpiar mi habitación y pasar por la UASD a confirmar cuándo empiezan los cursos de verano, llámame a las seis si quieres, ¿o prefieres que pase por la oficina?

-Eso me gusta más.

Ella lo abraza un momento, mientras él aprisiona complacido la minúscula cintura enfundada en su vieja camisa. El beso que se dan tiene un delicioso sabor a café.

-¿Tú tienes planes? Pregunta ella.

-Tenemos una reunión con la gente de la Constructora Multicenter, dice él, mientras piensa que no puede pasar de hoy sin llamar a su madre (hace dos semanas que no habla con ella) y también que apenas llegue a su oficina lo primero que hará será responder el último email de Raysa.

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Santo Domingo, República Dominicana
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Nací hace medio siglo en una ciudad llamada Resistencia, capital de la provincia del Chaco, en la Argentina. Aunque no creo en los fanatismos soy un apasionado del tango, de los buenos libros y de los goles del Príncipe Francéscoli. Creo en la esperanza interminable de la libertad de los pueblos y en la música que teje el viento entre las hojas de los árboles, en la magia dormida de las palabras y en el abrazo cómplice de los amigos.

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