Publicidad:
La Coctelera

negrorrevoltoso

20 Abril 2007

Una historia que inventé una vez

Fue una noche de tormenta, me dormí recordando mis viejas historietas de piratas, las novelas policiales de la colección ElSéptimo Círculo, cuando la dirigían Borges y Bioy Casares. Lo cierto es que me dormí después, y soñé una historia, de un viejo que recordaba como colaboró con el Sinn Fein en la Irlanda de principios de siglo, y cuando desperté terminé de inventarla, el nombre de Mayra Welch es de otro sueño, pero como ambos sueños son míos, el plagio onírico en este caso no dará lugar a reclamos legales.

Mayra y el mar

Mayra Welch tenía el pelo negro, los ojos almedrados y algunas pecas alrededor de la nariz. Según las prostitutas que compartían con ella la esquina del Bronx que pertenecía a “Sweet Willy”, esas pecas llamaron tanto la atención de ese amigo del sargento Mitchel –que tenía un local llamado “Drunk Horse” donde algunas chicas hacían “streep tease” y otras trabajaban como bailarinas de piernas- que él le ofreció trabajo y sirvieron para que los gorilas que cuidaban las mínimas espaldas de ese amigo del sargento Mitchel se encargaran de “convencer” al proxeneta “Sweet Willy” de que el contrato que Mayra tenía con él estaba rescindido porque ahora ella tenía un nuevo empleo.

En el “Drunk Horse” Mayra conoció a un hombre cincuentón, de pelo blanco y ojos marrones, que había enviudado hacía algunos años y que se convirtió en su “cliente” porque ella le recordaba a una prostituta de la que se había enamorado una vez en Dublín cuando él, que era español y hablaba con la zeta, colaboraba con el Sinn Fein y una noche –con la muerte pisándole los talones- la prostituta, que se llamaba Judith, lo ayudó a subirse a un buque de carga con bandera liberiana y él pudo llegar a la Argentina en busca de mejores horizontes (algunos fugitivos no tienen suerte).


Dos meses después de haberlo conocido el hombre volvió y Mayra supo que vendía autos en Santo Domingo, que viajaba cada tanto a Nueva York y que estaba dispuesto a darle dinero para que ella viniera a pasar unos días con él y entonces aceptó y llegó en un vuelo que aterrizó en Las Américas y después estuvo en un hotel de la zona colonial y el hombre la llevó a Samaná y durante siete días Mayra conoció el mar de una manera diferente a como lo había conocido cuando trabajaba en Miami.

Hizo muchas veces el amor con ese viejo simpático que además de hablar con la zeta bebía jerez con hielo y tenía tantas historias y tarareaba canciones de Phil Collins y por la mañana le traía a la cama bandejas con frutas y jugo de lechosa.

Un tiempo después, nuevamente en el “Drunk Horse”, cuando afuera llovía copiosamente y la noche estaba negra como conciencia de tratante de blancas, desde el escenario donde hacía un “streep tease” Mayra vio entrar a su amigo el viejo y algo parecido a la alegría se le instaló en el corazón al aceptar que tal vez había sido feliz en Samaná, pero el ritmo de los tambores le indicaba que había llegado el momento de terminar de desnudarse, que debía arquear la cintura y fingir una especie de clímax para arrancar el aplauso de los parroquianos.

El hombre le trajo un chocolate que le había comprado en Lucerna dos días antes y ella se lo comió enseguida y pasó la noche con él en un hotel de Manhattan.


Seis meses más tarde, Mayra regresó con su amigo a Samaná y se puso a beber una lata de cerveza y a mirar la luna sobre el mar desde la ventana del mismo cuarto de la vez anterior, al tiempo que oía en una radio la versión original de Penny Lane y él le hablaba con su seseo español para contarle otra vez la historia de su prostituta de Dublín, que se llamaba Judith, de la que se enamoró cuando colaboraba con el Sinn Fein, y a Mayra la enternecieron tanto esos recuerdos que se desnudó para él, acaso para ayudarlo a recordar mejor a Judith, pero él en realidad terminó descubriendo que cada vez que Mayra se le regalaba así, desnuda y enternecida, el rostro de Judith más bien se desdibujaba en su memoria, porque el rumor del mar en las noches de Samaná tiene un algo de presente perpetuo, con un aroma capaz de eclipsar los ayeres y porque la tibieza de una mujer desnuda en las noches de Samaná es la mejor manera de instalar sobre la propia piel el sabor del olvido.

servido por Santiago 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Argénida Romero

Argénida Romero dijo

Hola Santiago. Como siempre, tus palabras tan sencillas pero hermosamentes orquestadas para despertar los mejores momentos...y esa vena de poesía que uno siempre carga los domingos en las mañanas.
Este cuento me recuerda lo impredecible que puede ser la vida....maravilloso...

Gracias también por poner de enlace mi blog en el tuyo.

Un abrazo, che... (claro que adivine quien eras en el comentario, che!)

Argénida Romero

22 Abril 2007 | 05:13 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Santiago

negrorrevoltoso

Santo Domingo, República Dominicana
ver perfil »
contacto »
Nací hace medio siglo en una ciudad llamada Resistencia, capital de la provincia del Chaco, en la Argentina. Aunque no creo en los fanatismos soy un apasionado del tango, de los buenos libros y de los goles del Príncipe Francéscoli. Creo en la esperanza interminable de la libertad de los pueblos y en la música que teje el viento entre las hojas de los árboles, en la magia dormida de las palabras y en el abrazo cómplice de los amigos.

Fotos

Santiago Almada todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera