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La Coctelera

negrorrevoltoso

4 Abril 2007

Un cuentito no muy largo

Es una historia que escribí hace algunos años, diez, para ser más exactos, pero que es un poco más vieja, la idea de escribirla surgió de un sueño, una noche de 1977, en la celda número 12 de la Alcaidía policial de Resistencia, donde esperaba ser condenado por "Asociación ilícita e infracción a la ley 20.840 de Seguridad del Estado". Como le sucedió al Coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, "muchos años después", una noche de invierno de 1997, soñé con la celda 12 del pabellón planta baja de la Alcaidía, lugar de donde fueron sacados los compañeros que después fueron fusilados en el camino a Margarita Belén, un 13 de diciembre de 1976, pero esa es otra historia de la que también escribiré después. Por ahora va este cuentito, que espero les guste, dicen algunos de mis amigos que tiene un aire cortazariano, pero esa es la intención que tuve al escribirlo y reescribirlo en aquel invierno de 1997, en una vieja macintosh que se "colgaba a cada rato" por su escasa capacidad de memoria... para los que no son argentinos, hay un glosario al final, y si hubiera algún otro argentinismo que no se entiende, peuden preguntarme en sampirulo@yahoo.com, que con gusto contestaré todos los mensajes, hasta las críticas que, cuanto más crueles, son bienvenidas...

LA PESADILLA AJENA

Yo sé que en otros tiempos, cuando era un adolescente, no hubiera esperado a que usted se levantara para venir a verlo, Julián, ni siquiera me hubiera dado cuenta de su cara de sueño, ni de la mirada condescendiente que usted adopta en ciertas ocasiones, como de quien está acostumbrado a tratar con locos de todas las especies. Es probable que hubiera entrado directamente como una tromba, derecho a la heladera y me hubiera comido de un toque un trozo de milanesa(1), de esas que usted prepara los días de lluvia, claro que en ese momento no me hubiera dado cuenta de que usted prepara milanesas los días de lluvia, y tampoco adivinaría que lo que me ofrecía era en realidad un vaso de ginebra, lo hubiera tomado también sin darme cuenta porque, claro, lo importante era que usted supiera cuán trascendente era lo que me había pasado esa siesta o esa noche, apenas un rato antes, porque entonces, cuando yo le traía mis aventuras nocturnas o vespertinas, fresquitas, como pan recién horneado, usted dejaba de ser usted, Julián, y sus oídos maravillosamente predispuestos, sus ojos calmos, su gesto parecido al de un espectador que asiste a un prodigio, todo usted, Julián, era como un espejo en el que yo me miraba mientras contaba mi historia, y esa transmutación nos convertía a los dos, porque yo tampoco era yo, era una especie de aedo que sin cítara ni lira o como se llame eso que usaban los aedos, lo transportaba a usted al goce de descubrir la vida y yo sabía cuándo la historia le resultaba más interesante que otras veces porque usted, silenciosamente se plancharía los bigotes con el pulgar y el índice, y de algún bolsillo de su pijama sacaría su pipa favorita, la pipa estriada que vanamente intentó regalarme la noche en que Laura se fue, y que yo no acepté porque sabía que esa pipa sería en mis manos apenas una prolongación de la despedida de Laura. Después la cargaría lentamente para mirarme a medida que avanzaba mi relato, detrás de la cortina de humo del tabaco Exeter que yo solía regalarle y que usted fumaba en mi presencia porque en realidad -siempre lo supe- a usted no le gustaba demasiado ese tabaco de mierda pero lo fumaba igual, para hacerme sentir bien.

En cambio ahora, las cosas han cambiado Julián, como usted ve, el tiempo me ha civilizado al punto de dejarlo dormir tranquilo hasta que los primeros mates lo despiertan del todo y lo que ahora le traigo ya no son las historias impactantes de mi adolescencia, no se preocupe, tampoco vengo a pedirle -como en noviembre del 76- que me permita quedarme un par de días y que si alguien con cara de botón(2) o cosa parecida pregunta por mí, diga que sí, que me vio y que le dije que me iba a Santa Fe, pobre Julián, usted fue capaz hasta de eso, de tragarse el miedo que era como un hierro candente viajando por las entrañas, para ayudarme a no terminar tirado en una zanja, o en un campo de concentración, pero bueno, ya pasó Julián, ya fue, como dicen ahora los pendejos (3). En realidad, Julián, lo que vengo a contarle ahora es irreal pero cierto, usted me cree porque sabe que jamás le he mentido, pero seguramente se preguntará cómo es posible que algo sea cierto pero no real, claro, en este caso lo que me trajo a su casa es la espantosa sensación de haber usurpado un sueño, algo que no debí soñar porque ese sueño, esa horrible pesadilla que me pone un nudo aquí, en el estómago, debió pasar por la mente de otra persona, y sin embargo ahora lo tengo aquí, y creo que usted puede ayudarme a desentrañarlo, Julián, como cuando me ayudaba con los cuestionarios de Química inorgánica o me corregía los poemas de amor que le escribía a Laura después del cognac que nos tomábamos a la madrugada, cuando yo volvía de estar con ella, borracho de felicidad y con ganas de emborracharme con algo más, algo que usted seguramente tendría en su aparador(4) o en su heladera.

En mi sueño era yo el que caminaba por una calle lluviosa, con un pesado objeto metálico en el bolsillo de una vieja y desteñida campera de corderoy, un objeto frío que me resultaba familiar, como el que usé para cubrir la fuga del Negro Maretti esa vez que allanaron la pensión donde lo guardábamos y tuvimos que rajar por los techos y salimos después en la otra punta de la manzana y el Negro me decía que corriera, que no parara y a mí se me salían los pulmones por la boca pero la voz del Negro me ponía alas en los pies cuando me decía que ese lugar en cualquier momento iba a ser un hervidero de canas(5), pero bueno, Julián, me estoy yendo por las ramas pensará usted, es que es difícil contar esta historia, porque me llevó varios días armarla, reconstruirla, rastrear en mi memoria tantas cosas, tantos recuerdos, de esos que duelen ¿vio? porque mire usted, qué fracaso un detective que resuelve un caso, un rompecabezas de los que harían arrugar al mismo Marlowe(6) que a usted tanto le gusta, basado en la presunción de sus sueños y sus pesadillas. ¿No le parece demasiado extraño?

¿Se acuerda de esa revista que usted coleccionaba en los años setenta? 2001, periodismo de liberación, creo que se llamaba, resulta que también la soñé, casi como una fotocopia vi una página de esa revista donde se publicaban poemas escritos por algunos internos del viejo manicomio de Vieytes, recordé al despertar que usted me había dicho que lo conocía, y sentí un enorme deseo, un deseo incontenible de tener en mis manos esa revista, entonces fui a la casa de esa amiga suya, la profesora jubilada que tiene esa hermosa colección de revistas viejas que nunca lee, fui dispuesto a prometerle casamiento si fuera necesario hasta que me permitiera revisar su archivo. Confieso, Julián, que me sentí muy parecido a un actor de película mala, encima, de esas con argumentos en los que al final todo era un sueño, pero bueno, conseguí que esa mujer me permitiera revisar su colección con el cuento de que iba de parte de usted, y después de un día de búsqueda febril encontré la revista, con la misma espantosa sensación de un marido que finalmente comprueba una infidelidad largamente sospechada, y encontré el poema que decía exactamente: "Quisiera tenerte en mis brazos, bebé/ hay días en que te extraño en serio./ Tu padre era un camionero de pelo rubio/ que me besó bajo los árboles/ una noche de luna/ en las afueras de un pueblo/ frente a una estación de servicio./ Aunque estarás crecido me gustaría/ verte gatear por un patio/ darte un besito en el culito..." Todo esto decía ese poema escrito por una loca internada en Vieytes, pero espere Julián, ahora viene la segunda parte de mi sueño, es decir cuando comencé a caminar hacia la vieja estación de trenes como si supiera qué era lo que tenía que hacer pero en realidad no sabía, al fin de cuentas, quien sabe lo que tiene que hacer cuando sueña, ¿verdad, Julián? Cuando llegué a los galpones abandonados volví a tantear el pesado revólver que llevaba en la campera, entré resueltamente al galpón más grande y traté de orientarme en la oscuridad, hasta que vi un bulto, es decir, un cuerpo acurrucado en un rincón, el cuerpo de un linyera(7) tapado con frazadas raídas, con trapos, con diarios. Me pidió un cigarrillo con una voz cascosa, como de borracho...

- Quién puede negarle algo a un condenado, me dijo y después me miró, como si me esperara de antes.

- Creciste, me dijo, me hubiera gustado vivir otra vida diferente para que las cosas no fueran como fueron, pero qué se le va a hacer, tiré mi vida a la basura, no me enteré de que existías hasta hace poco, de tu madre no supe nunca nada, ni siquiera sabía que estaba loca hasta que volví una vez a Nelson... se rió con una risa aguda, una risa muy conocida, Julián, y canturreó ese tango que dice "la pucha las vueltas que tiene la vida" y yo tanteé de nuevo el objeto metálico en mi campera y... claro Julián, usted se preguntará adónde quiero llegar con todo esto, quiero que usted me aclare, Julián, por qué tuve que soñar un sueño que no me pertenece, pero algo más, ¿se acuerda, Julián, del setenta y tres, cuando Sui Generis(8) enloquecía a los pendejos del Colegio Nacional y yo en cambio, de puro rebelde, venía aquí y escuchaba sus discos de Atahualpa Yupanqui? ¿Se acuerda que entre sus libros de antropología había un ejemplar de El canto del viento, ese libro de Yupanqui que usted me prestó y que yo nunca le devolví? Ese libro quedó en una caja en la casa de mi tía Lucía, en un baúl antiguo que mis primos mantuvieron cerrado en todos estos años desde que ella murió. Hace quince días rescaté la caja, Julián, hace quince días encontré dentro de esa edición de El canto del viento, de Yupanqui, dos recortes que tuve que desplegar con muchísimo cuidado para que no se desarmaran, en uno estaba el poema de la pobre loca de Vieytes, escrito en 1967, cuando esa mujer tenía casi cincuenta años, pero publicado en 1972; el otro recorte era de un diario santafesino, extraña muerte de un linyera en galpones del ferrocarril, creo que dice. Calculo que el recorte debe ser del año 68 o del 70, más viejo que el de la revista, si mal no recuerdo fue cuando usted tenía treinta años, Julián, y había llegado a Resistencia, un tiempo antes de que nos conociéramos, ¿se acuerda? Ahora viene el remate de mi historia, Julián, ¿qué hacía yo en esa pesadilla ajena, con un revólver cargado, buscando a un linyera que alguna vez había embarazado a una chica que después enloqueció y perdió a su hijo? ¿Qué hacían los recortes en ese libro suyo, Julián, tan prolijamente doblados? ¿Quién era esa mujer del poema, y el linyera, Julián, quién era? ¿Por qué me habló de Nelson(9), Julián, el pueblo donde usted nació? ¿Por qué tenía una risa tan parecida a la suya? ¿Por qué esa pesadilla tuvo que continuar en mi vigilia, Julián, al punto de llevarme a recuperar su libro y revolver las revistas de una vieja? Dígame o ayúdame a explicar por qué cuando en mi sueño apreté tres veces el gatillo del revólver y vi convulsionarse como una bolsa de basura que uno patea sin dares cuenta, a ese pobre viejo, no era odio lo que sentía, sino más bien un sentimiento que pocas veces he experimentado, algo parecido a la piedad, y que me duró hasta mucho tiempo después de despertarme. ¿No quiere hablar, Julián?

(1) Filete de carne rehogada en pan rallado

(2) Policía o militar

(3) Muchachos, adolescents

(4) Alacena, despensa

(5) Policías

(6) Philip Marlowe, personaje de las novelas de Raymond Chandler

(7) Vagabundo, mendigo

(8) Grupo de rock formado por Charly García y Nito Mestre

(9) Pueblo de la provincia de Santa Fe, Argentina

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negrorrevoltoso

Santo Domingo, República Dominicana
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Nací hace medio siglo en una ciudad llamada Resistencia, capital de la provincia del Chaco, en la Argentina. Aunque no creo en los fanatismos soy un apasionado del tango, de los buenos libros y de los goles del Príncipe Francéscoli. Creo en la esperanza interminable de la libertad de los pueblos y en la música que teje el viento entre las hojas de los árboles, en la magia dormida de las palabras y en el abrazo cómplice de los amigos.

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