Este es un fragmento de una novela que espero terminar alguna vez, lo comparto con todos ustedes y espero sus comentarios, a ver si me decido a retomarla... es una historia de amor entre una madrileña y un dominicano, un romance de vacaciones que tendrá consecuencias inesperadas para ambos y una aventura cuando él se enfrente a una red de trata... la historia transcurre en Samaná, en la playa Las Terrenas... pero bueno, no les adelanto más, ahí va... el tango se llama Tal vez será su voz, y lo canta el inolvidable Roberto Goyeneche, "El Polaco"... repito, espero sus comentarios...
El bar se llama "Le printemps" y es un local apenas un poco más grande que los pubs madrileños que Verónica conoció en sus tiempos de universidad. Tiene una barra, mesas para cuatro personas y un largo sofá de madera acolchada que ocupa toda la pared del fondo y solo se interrumpe en la entrada a los baños. La puerta del de varones tiene pintada la figura de Chaplín, de pie con su bastón y su galera, en la del baño de mujeres está pintada la figura de Mafalda. Hay otra puerta enorme, en forma de arco, con una cortina de hilos plásticos trenzados y que da hacia una plataforma de madera donde hay dos o tres mesas. La playa está ahí, a pocos metros, completamente vacía mientras la brisa llega suave y deja en la boca un regusto salobre. Junto al mostrador hay un espacio vacío con una tarima circular que tiene varios atriles para micrófonos y partituras. La gente llega en grupos, hay mayoría de blancos de cabezas rubias, pelirrojas, ojos azules o verdes, todos con la piel enrojecida por el sol del Atlántico que la mayoría cree que es el mar Caribe. De los altavoces sale una melodía celta, una música electrónica que a Walter se le antoja sin vida, como ejecutada por robots o por autómatas que apenas conocen de memoria dos o tres notas que estiran hasta formar esos sonidos huecos y alargados. Un mozo se acerca y les entrega dos menús de tragos, Walter deja que Verónica hojee el colorido catálogo. -¿Cuál es tu trago favorito?- pregunta ella mientras se acomoda en su asiento para darle espacio a una pareja que se dirigía hacia la puerta. Él mira la espalda ancha y los bíceps de la muchacha que acaba de pasar, físico de gimnasio, piensa mientras medita una respuesta convincente para sí mismo más que para ella. -Me gustan los licores dulces, así que la piña colada es uno de mis favoritos, y el martini, a veces... Ella le hace una seña al mozo y ordena una piña colada y un cointreau, Walter le explica que quiere su bebida con hielo, el moreno hace un gesto de extrañeza pero asiente y vuelve casi de inmediato con las copas. Dos hombres instalan rápidamente unos taburetes, estiran cables, colocan micrófonos y enseguida aparece un hombre mayor, tiene la piel blanca, bigote entrecano hirsuto, viste un pantalón gris perfectamente planchado y camisa azul oscuro de mangas largas. Nadie le presta atención. Tantea los micrófonos y se va, pero regresa enseguida con una guitarra y comienza a templar las cuerdas. Después llega una muchacha morena de mediana estatura, es gordita, viste una especie de túnica de color verde, tiene el cabello teñido de castaño rojizo y está maquillada como para una fiesta. Ella trae un violín y lo sostiene entre su hombro y su barbilla mientras con la mano libre acomoda una partitura. Walter sigue con la vista los movimientos de ambos y después fija sus ojos en Verónica, que está vestida con una de las dos faldas que ha traído, es de una tela negra con lunares blancos simétricos, y una blusa de color carne un poco más oscura que su piel blanca también enrojecida, calza sandalias de tiritas del mismo color que la blusa, sus uñas están pintadas de un rojo bermellón, igual que sus labios, se ha puesto rimel en los ojos y está verdaderamente hermosa, casi como una tentación. De pronto la atmósfera del lugar se transforma, desaparece la música celta, el hombre se sienta sobre el taburete y Walter se pregunta por un segundo cómo hace para mantener el equilibrio en ese banquito tan alto y tan pequeño, pero la guitarra suena con un tañido de campanario, en un ritmo extraño, es una melodía rara... enseguida entra el violín que la muchacha toca con los ojos cerrados, como si la música la obligara a pensar en cosas que están demasiado lejos de ese bar junto a la playa, y el hombre entona entonces los primeros versos de una canción de José Alfredo Jiménez y su voz es profunda y el violín suena con el eco de una caricia remota y Verónica también cierra los ojos y mece levemente la cabeza al compás de las notas del bolero y su media sonrisa está llena de gracia. Entonces Walter piensa en el amor, en las mujeres, en la brisa que mueve el agua de la playa... la cálida ternura que lo vuelve tonto le tiende trampas en las que se deja caer, siente ganas de bailar, de agitarse con el leve zig-zag de la espuma y los ojos de Verónica lo miran como si le estuvieran leyendo el corazón. Siente la piel de la muchacha como una adorable tibieza abrigada por esa fina trama de hilos de colores, y sus cuerpos encuentran un compás compartido que dibuja sobre el trazado de los mosaicos su propia sinfonía acunada por el violín, por las escalas de una guitarra que suena como un tañido, por la voz etérea de un desconocido que rescata una historia de amores tristes y el perfume de Verónica está tan pegado a su piel que lo traspasa como una caricia de nieve y cuando está a punto de tomar aire para alejar la sensación de naufragio que se apodera de su alma, los brazos de la muchacha se anudan sobre su cuello y las últimas notas de la canción coinciden con el último giro de los bailarines y con el primer beso de la noche. Tras un breve intervalo la música sigue, el hombre canta ahora una historia que mezcla el amor con la muerte... "quién pena en el violín... qué voz sentimental... cansada de sufrir se ha puesto a sollozar... así"... un hombre que pasa de los cincuenta y una mujer mucho más joven comienzan a trazar sobre la pista una serie de vueltas que hechizan los ojos de los concurrentes, las parejas se corren a un costado del pequeño espacio mientras el violín entrecorta sus armonías en un diálogo profundo con la guitarra... "era triste... era pálida y lejana... negro el pelo, los ojos verdegris... y eran también sus labios al sol de la mañana... una triste flor de carmín"... y la muchacha que baila ejecuta filigranas con sus piernas perfectamente torneadas que se estiran en un ocho, en una doble V... mientras el ritmo marcado por el hombre es como un marco, un espacio consagrado para que ella ponga a soñar a los duendes de la danza... "tal vez será el rumor... de aquella que una vez... de pronto se durmió... tal vez será el alcohol, tal vez..." y ahora la danzarina gira en una especie de clímax acelerado mientras sus piernas pintan en un tintineo de tacones una graciosa esgrima con las piernas del hombre que la sostiene, que la suelta, que la llama, que la trae de vuelta... "su voz no puede ser... su voz ya se apagó... tendrá que ser nomás... mi propio corazón" y los bailarines se separan como impulsados por las notas de un violín que parece un apagado responso hasta que la guitarra los reúne en el centro exacto de la pista y con la última melodía del tango quedan frente a frente mientras los ojos de Verónica y los de Walter se vuelven a encontrar y hay en ambas miradas un brillo indefinible que entremezcla la ternura y la complicidad.
Un poemita vespertino para volver al blog... complementan la entrada el adagio de Albinoni, el atardecer de Clausell, un impresionista mexicano que hacía magia con los colores y la carita de Maria Grazia Cucinotta, una morenota italiana sensual, explosiva que en la película "El Cartero" me puso a soñar con el mar, eran los años 90 y el mar para mí quedaba muy lejos... todavía. Espero que les guste...
El final de la tarde entristecía de distancia Las nubes alargadas sobre el mar Mientras la ciudad ajena rugía Su angustia de cemento en sombra. Vi la huida de las gaviotas, La temerosa ausencia de las palomas Y la espuma que pintaba Arrugados tatuajes en la arena, Vi el cuarto creciente como Si fuera apenas una promesa de luna y mi memoria repitió una calle secreta De una ciudad lejana donde Ángeles cómplices me habían Regalado melodías y constelaciones Que tenían el brillo de tus ojos. Con ese trocito de una vieja eternidad Regresé a mi presente y vi otra vez el mar, Como un náufrago que atesora De manera obstinada su mejor espejismo.
Estuve algo ocupado escribiendo una novela, de la que prometo dar detalles más adelante, por eso esta larga ausencia. Les regalo este poemita breve, con una sonata de un tal Mozart... dicen que el tipo era un genio del piano y otros instrumentos, algo cierto tiene que haber, porque cada vez que lo escucho me gusta más... la ventana la pintó René Magrite, un genio de los pinceles...
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Conjuro
Abro la ventana para conjurar con la brisa de la madrugada un insomnio de constelaciones que insisten en resucitar el brillo de tu pelo en una tarde de lluvia que declaré olvidada hace ya muchas lunas y demasiados inviernos...
Las mujeres son personas con gustos diferentes de los de los hombres, pero a veces coinciden en determinados intereses, en ciertos gustos y en determinadas excusas.
Una de las excusas más remanidas, tan asexuada por el hecho de que la utilizan por igual hombres y mujeres, tiene que ver con los libros y las lecturas. "Es que no me alcanza el tiempo para nada, imagínate si en el corre corre que paso a diario voy a tener tiempo de leer un libro", se queja una para, de una vez, resumirle a su amiga el capítulo de la telenovela emitida el día anterior.
Otras usan argumentos de carácter económico, y los plantean con una lógica de hierro: "A mí no me alcanza para comprar un periódico, mira si voy a tener para comprar un libro", y atienden con premura su flamante Iphone o su blackberry para entrar a Twitter o a Facebook a chatear con sus amigas, o con cualquier "amiguito con derechos".
Están las que se jactan de ser ávidas lectoras, exhiben siempre que pueden el libro que están leyendo y defienden con vehemencia las bondades y la profundidad del autor de moda, que ha vendido "tantos millones de copias", lo cual consideran una incuestionable muestra de talento de Stephenie Mayer, "la mamá" de los vampiros adolescentes de la saga Crepúsculo, o el último título de Pablo Coelho, y otras que se declaran fanáticas de Dan Brown y sus ángeles y demonios.
Las hay que leen de manera sistemática libros de autoayuda, de una vertiente menos literaria que la de Pablo Coelho, convencidas de que gracias a Og Mandino, Robin Sharma o Wayne Dier desarrollarán un poder mental y unas capacidades especiales que les permitirán cumplir el sueño de los ratoncitos Pinky y Cerebro: "Tratar de conquistar el mundo".
Las hay también, justo es reconocerlo y doy fe de ello, que son ávidas lectoras de los buenos libros, que casi nunca o muy pocas veces son los más exitosos o los que han vendido millones de copias, y disfrutan de literatura de la buena, de investigaciones objetivas realizadas con bases científicas.
Esas dominicanas, jóvenes, estudiosas, inquietas y laboriosas, pueblan la blogósfera con sus bitácoras personales, escriben poemas bellísimos, como mi amiga Vanesa, que también tiene un novio escritor y bueno... ellos se hacen el verso y son felices...
Ernesto Sábato decía que no hay literatura comprometida o de evasión, simplemente hay buenos o malos libros, mi amiga Petra lo sabe. Mi amiga Itania, esa morenota sensual, bonita, inteligente y dulce, es una lectora de esas, mi amiga Dahiana Familia, la Luna más hermosa de Santo Domingo, y mi amiga Lissette, por nombrar solo algunas de esas, que rompen el molde, que estudian, que piensan, se forman y crean, todo el tiempo, porque saben lo que hacen.
Tiene su propia musiquita, aunque nadie le ha puesto aún su partitura. Lo escribí hace una eternidad, una mañana de los años 70, cuando el otoño jugaba a pintar de marrones y ocres las hojas caídas de los álamos de mi añorada placita España en mi ciudad natal, y las muchachas de entonces suspiraban por Alain Delón, y yo estaba enamorado de Julie Christie y me encantaba tararear el Tema de Lara o silbar Los sonidos del silencio... originalmente lo titulé Canción para tu nombre...
Canción para tu nombre
Tu nombre tiene a veces Rumor de viejos vientos Que parten con las barcas Desde lejanos puertos. Tu nombre pequeñito, Hecho de estrella y cielo, Tu nombre que despierta Con la aurora del sueño. Tu nombre es un camino Dolido de silencios, Pequeño y solitario Como un pájaro quieto. Tu nombre es como lluvia Que en los caminos secos Se olvida mil charquitos Que parecen espejos. Tu nombre es como un duende Que se escapó de un cuento Para andar en mi voz Por encima del tiempo.
Escribir sonetos no es mi fuerte ni me interesa demasiado. En esta ocasión, para despuntar el vicio de escribir, va este pequeño ejercicio. Espero les guste...
Intenciones en forma de soneto
Dedicarles sonetos a tus ojos O encerrar en palabras tu sonrisa Puede sonar a caprichoso antojo Y hasta puede que te cause risa.
Sucede que un soneto desespera Con sus rimas, su métrica y sus dudas Y pienso en la palabra primavera Y es primavera cuando te desnudas.
Entonces cierto manto de negrura Se adueña de mis locas invenciones Y aunque son intenciones tan oscuras Que con tu desnudez desenmascaras No dejan de ser oscuramente puras Y al fin de cuentas intenciones claras.
Como ya expliqué una vez, las tankas son un tipo de estrofa de origen japonés que tiene un verso inicial de cinco sílabas, un segundo de siete, otro de cinco y dos más de siete sílabas. La forma original prescinde de la rima. Espero que les guste. La melodía es un preludio de Bach, ejecutado por las manos virtuosas de Don Andrés Segovia, un hombre que hacía hablar a la guitarra.
Tus ojos pardos Trazan constelaciones calladamente musicales y tensas cuando miras el cielo.
En tu desnudez de satén y penumbra mil diapasones afinan en silencio los tonos del deseo.
Un largo acorde De violines lejanos Con sabor de mares Y viejas tempestades Se enciende en tu gemido.
Un paraíso de mieles trasnochadas sobre tu piel conjura en las auroras el milagro de un beso.
Esta guitarra sus viejos madrigales y sus baladas ¿no clausuran olvidos Cada vez que te nombran?
Este poema se me ocurrió mientras recorría los pasillos de un vivero, entre macetas llenas hojas y pétalos multicolores, con los aromas más exóticos y cautivantes. Pido perdón una vez más por no dar espacio en mi blog a temas tan en boga como el narcotráfico, la recesión y las perspectivas poco alentadoras que ofrece el déficit fiscal. Sucede que cuando la poesía me toma por asalto la imaginación, lo que sucede a menudo, no puedo hacer otra cosa que dejar que las musas hagan su trabajo, y lo comparto con los amigos y amigas para que me quieran un poquito más. Sucede también que estos días con un poquito de frescura invitan a releer cartas y libros guardados, a recorrer páginas de nuevos libros y también a inventar poemas, un vicio que no puedo evitar. Las flores, la silueta de la muchacha desnuda y la melodía de un tal Johan Sebastian Bach me parecieron el complemento perfecto para esta entrada con la que el Negro Revoltoso, insurrecto y anárquico por costumbre, les desea a todos un un año lleno de cosas buenas y momentos felices.
Botánica
A veces, cierto temblor en los pétalos de los crisantemos me transporta a regiones de tu piel en donde amanecía desvelada la sombra del deseo. Cuando la brisa aprovecha el letargo de rocío que adormece a los malvones y se roba su aroma siento resucitar tus pasos junto a la puerta y mis latidos vuelven a ser de música. Cuando un brillo imperceptible se cuela entre las corolas de los jazmines o de las azaleas, pienso en tu voz que azulaba las magnolias en la madrugada y pronunciaba en tono menor cada caricia y dibujaba orquídeas con tus yemas, y era tu boca una armonía agreste de damascos, un almíbar de nísperos y de manzanas, y había en el vaivén de tu pelo en mi cara un aroma de grama verdecida
que nos hacía florecer entre un compás de tulipanes y una armonía de cayenas junto a la luna en la ventana.
Nací hace medio siglo en una ciudad llamada Resistencia, capital de la provincia del Chaco, en la Argentina. Aunque no creo en los fanatismos soy un apasionado del tango, de los buenos libros y de los goles del Príncipe Francéscoli. Creo en la esperanza interminable de la libertad de los pueblos y en la música que teje el viento entre las hojas de los árboles, en la magia dormida de las palabras y en el abrazo cómplice de los amigos.